martes, 4 de diciembre de 2012

Las olas (Virginia Woolf 1882–1941)

"El sol aún no se había alzado. Sólo los leves pliegues, como los de un paño algo arrugado, permitían distinguir el mar del cielo. Poco a poco, a medida que el cielo clareaba, se iba formando una raya oscura en el horizonte, que dividía el cielo del mar, y en el paño gris aparecieron gruesas líneas que lo rayaban, avanzando una tras otra, bajo la superficie, cada cual siguiendo a la anterior, persiguiéndose una a otra, perpetuamente.
Al acercarse a la playa cada barra se alzaba, se amontonaba sobre sí misma, rompía, y se deslizaba un sutil velo de agua blanca sobre la arena. La ola se detenía, y después volvía a retirarse arrastrándose, con un suspiro como el del durmiente cuyo aliento va y viene en la inconsciencia. Poco a poco, la oscura raya en el horizonte se aclaraba, como si las partículas suspendidas en una vieja botella de vino hubieran descendido al fondo, dejando verde el vidrio. También más allá se aclaraba el cielo, como si el blanco poso hubiera descendido, o como si el brazo de una mujer recostada bajo el horizonte hubiera alzado una lámpara, y planas barras blancas, verdes y amarillas se proyectaban en el cielo, como las varillas de un abanico. Entonces, la mujer alzó más la lámpara, y el aire pareció devenir fibroso y apartarse de la verde superficie, chispeante y llameado, en rojas y amarillas hebras como el humeante fuego que ruge en una hoguera. Poco a poco, las hebras de la hoguera se fundieron en un resplandor, en una incandescencia que alzó el peso del gris cielo lanudo, poniéndolo encima de él, y lo convirtió en millones de átomos de suave azul. La superficie del mar se hizo despacio transparente, y estuvo destellante y rizada hasta que las oscuras barras quedaron casi borradas. Lentamente, el brazo que sostenía la lámpara la alzó más, y después más, hasta que la ancha llama se hizo visible. Un arco de fuego ardía en el borde del horizonte, y a su alrededor el mar lanzaba llamas doradas.
La luz incidió en los árboles del jardín, y dio transparencia a una hoja. Y luego a otra. Un pájaro gorjeó alto. Hubo una pausa. Otro pájaro gorjeó más bajo. El sol dio relieve a los muros de la casa, y se posó como la punta de un abanico cerrado en una blanca persiana, dejando una azul huella digital de sombra bajo la hoja junto a la ventana del dormitorio. La persiana se movió lentamente, pero dentro todo era penumbra sin sustancia. Fuera, cantaban los pájaros su melodía vacía.
(...)

El sol se hundía. La dura piedra del día estaba resquebrajada y la luz se colaba por las grietas. Rayos rojos y dorados, como rápidas flechas con plumas de tinieblas, traspasaban las olas. Sin orden ni concierto, vagaban destellantes rayos de luz, como señales emitidas por islas hundidas, o dardos disparados por entre matas de laurel por muchachos rientes y desvergonzados. Pero las olas, al acercarse a la playa, estaban privadas de luz, y caían en larga percusión, como un muro al derrumbarse, un muro de piedras grises en el que ni una raya de luz había perforado un orificio.
Se alzó cierta brisa. Un estremecimiento recorrió las hojas. Así, estremecidas, perdieron su parda densidad y pasaron a ser grises o blancas, mientras el árbol movía su masa, parpadeaba y perdía su abovedada uniformidad. El halcón posado en la más alta rama abrió y cerró los párpados, se alzó, voló y flotando en el aire se fue muy lejos. La silvestre avefría gritaba en las tierras pantanosas, evadiéndose, trazando círculos, y gritando más y más lejos en su soledad. El humo de los trenes y de las chimeneas crecía y se desgarraba y se convertía en parte del lanudo dosel que cubría el mar y los campos.
Ahora ya habían sido segadas las espigas. Ahora de sus ondulaciones y vaivenes sólo quedaba un corto y rígido vello. Despacio, una gran lechuza se descolgó del olmo, y se balanceó y se alzó en el aire, como atada a un hilo que subiera y bajara, hasta llegar a lo alto del cedro. En las colinas las lentas sombras se ensanchaban y se encogían al pasar. La charca en las tierras pantanosas yacía vacía. No había allí lanuda cabeza que mirase, ni pezuña que chapoteara, ni cálido hocico que se hundiera en el agua. Un pájaro, posado en una rama cenicienta, alzó la cabeza y bebió un sorbo de agua fría. No había sonidos de cosecha ni sonidos de ruedas, sino sólo el súbito rugido del viento dejando que sus velas se hincharan y barriendo las puntas del césped. Un hueso reposaba, desgastado por la lluvia y requemado por el sol, reluciente como una rama pulida por el mar. El árbol que había ardido con el rojo color del zorro en primavera y en la plenitud del verano, que ofrecía obedientes hojas al viento del sur, era ahora negro, negro y pelado como el hierro.
La tierra estaba tan lejos que ya no se podían ver brillantes tejados y destellantes ventanas. El tremendo peso de la tierra ensombrecida había absorbido estos frágiles grilletes de la cadena, estos estorbos quebradizos como cáscara de caracol. Ahora sólo había la líquida sombra de la nube, el repiqueteo de la lluvia, un rayo de sol como un dardo, o la brusca sacudida de la tormenta. Como obeliscos, árboles solitarios marcaban las colinas.
El sol del atardecer, disminuida la intensidad de su fuego, perdido el ardor, daba suavidad a las sillas y las mesas, e incrustaba en ellas rombos castaños y amarillos. Reseguidos de sombras, sus perfiles parecía que hubieran adquirido más peso, como si el color, inclinándose, se hubiera trasladado a un lado. Había un cuchillo, un tenedor y un vaso, pero estaba todo hinchado y alargado, con aspecto portentoso. Rodeado de un círculo dorado, el espejo mantenía la escena inmóvil, como si en su ojo fuera eterna.
Entretanto, las sombras se alargaban en la playa, la oscuridad se hacía más profunda. Las rocas perdieron su dureza. El agua alrededor de la vieja barca era negra, como si contuviera una masa de mejillones. La espuma se había tornado lívida, y dejaba aquí y allá un blanco resplandor perlado sobre la arena neblinosa."
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