jueves, 14 de junio de 2012

Los sueños (Norman Mackenzie)

El debate sobre los sueños

Para Jung, los sueños son un medio del que se vale el inconsciente para salvar el abismo entre el pasado y el futuro. Ésta es una clave de su concepto acerca de la mente. Veía la constitución psíquica de una persona como un sistema dotado de una estabilidad propia, que trata de establecer su equilibrio en la misma forma en que el cuerpo mantiene el físico mediante sistemas incorporados para el control de la temperatura, la circulación, la actividad glandular, la ingestión y la excreción. Por lo tanto, los sueños tienen también una función compensadora, que enfoca la atención en aquellos aspectos de una situación (o de una personalidad) que se han pasado por alto o desvalorizado en la vida consciente. Al igual como sudamos cuando tenemos calor o jadeamos cuando corremos, el inconsciente debe compensar los excesos de la conciencia. Este proceso sucede en todos los estratos, desde los más triviales a los más profundos.
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Aun cuando la teoría psicológica de Jung es demasiado compleja para ser descrita en detalle, es importante destacar dos aspectos de la misma. El primero es la creencia de Jung de que en todo hombre hay una contraparte femenina (el "anima") y en toda mujer un elemento equivalente de masculinidad (el "animus"). De estos aspectos de la identidad surge una gran riqueza de símbolos, desde la angélica figura guardiana femenina, que aparece en tantos mitos y sueños, hasta la del sabio anciano, imagen tutelar del buen juicio masculino. Además, todo individuo posee lo que Jung llama la "persona", el rostro que presenta al mundo y desea que los demás vean. Se compone de todos los papeles que representa en sus relaciones con otros y es una máscara protectora que oculta las debilidades o inclinaciones que no desea sean detectadas ni siquiera por sí mismo. Lo opuesto de la "persona" es la "sombra", la parte de la personalidad que es "nuestro demonio interior", los aspectos reprimidos e inaceptables de nuestra idiosincrasia que no admitimos conscientemente.
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En la práctica, la actitud de Jung era más prosaica de lo que sugieren sus escritos, porque sus interpretaciones siempre se basaban en una simple pregunta: ¿cuál es el propósito del sueño?  Presumía que era una declaración franca, espontánea y profundamente informada acerca de algún problema o situación que tenía autoridad especial porque era independiente del control de la conciencia. En las regiones desconocidas de la mente de la que surgen los sueños, se encuentra también la fuente de la verdadera individualidad, las fuerzas que guían al hombre en su progreso hacia el propio conocimiento. Estas regiones, que en parte son biológicas, y en parte psíquicas, tienden hacia la integración, hacia el cumplimiento de la promesa original de la personalidad entera.
No obstante, las circunstancias en las que vivimos nos fuerzan a negar gran parte de la promesa, a hacer concesiones y a deformar nuestra propia naturaleza. Según la medida en que neguemos esa humanidad esencial, así negaremos el significado de nuestras vidas y de tal negación surgirán las neurosis.
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Alfred Adler, el fundador de la escuela individual y colega de Freud en Viena, estaba convencido de que los sueños tenían dicha función anticipatoria. Decía que eran "un ensayo general para la vida", en el cual el soñador revela sus esperanzas, temores y planes para el futuro. Los procesos de pensamiento que subrayan este plan (revisión de la evidencia, experimentación con la evidencia a la luz de lo aprendido en el pasado y formulación de cierto número de cursos posibles de acción) no difieren demasiado durante el sueño de los hechos estando despierto. La diferencia reside en el hecho de que el sueño presenta en forma simbólica los problemas y la evidencia con ellos relacionada que el individuo ignora en la vida real porque son demasiado amenazadores o no desea enfrentarse a sus consecuencias. Al igual que Jung, Adler veía los sueños como una compensación de la selectiva parcialidad de la conciencia, Y también, como Freud, veía las distorsiones que presentan los sueños como un recurso protector, si bien, para él, lo que protegía era al "ego" del soñador contra las situaciones de la vida, mientras que para Freud, la distorsión era obra del censor moral que no permitía el paso a los crudos impulsos instintivos de la infancia.

Sueño y ciencia

Aristóteles creía que el despertar y el dormir "son opuestos y el sueño es evidentemente una privación del despertar". Esta es la actitud tradicional ante el dormir y la mayoría de nosotros la aceptamos. Considerar el dormir como un período de olvido, aparentemente necesario para el descanso, pero una interrupción de nuestra vida diaria, parece lo más atinado. Después de todo, un hombre que haya dormido bien durante 70 años de vida, habrá pasado más de 22 de ellos durmiendo. Aun cuando el tiempo así pasado le ha sido beneficioso tanto física como psicológicamente (como comprobará siempre que se le prive del sueño) seguirá ignorando por qué el organismo humano necesita pasar gran parte de la vida insensible al mundo que le rodea. Los científicos no pueden explicárselo todavía, lo mismo que no pueden explicar el enigma del sueño del que se ocupa este libro: por qué soñamos cuando dormimos. (...) Pero, según las cautelosas palabras del doctor Ian Oswald de la Universidad de Edimburgo, cuanto más sabemos, más difícil se hace "llegar a una definición del dormir o a una definición de la conciencia que satisfaga a todo el mundo".  En su apreciable obra Dormir y despertar, no se muestra dispuesto a ir más allá de la siguiente declaración:
"El dormir es una condición recurrente y saludable de inercia y carencia de receptividad. En el individuo normal tal carencia no sólo se manifiesta por un decrecimiento de reacciones manifiestas ante los estímulos, sino también por un decrecimiento de las reacciones no manifiestas. (...) Los impulsos procedentes de los órganos de los sentidos atraviesan los lemniscos, hacia el sistema "retransmisor" del tálamo, luego, hacia las partes de la corteza cerebral que analizan las sensaciones, siendo entonces "traducidos" según las reacciones motrices adecuadas. La eficiencia cortical para interpretar dichos impulsos depende de cierto fragmento del cerebro inferior, llamado "formación reticular" que bombardeando con impulsos vigorizadores la corteza la mantiene en el requerido estado de alerta. Si tales impulsos disminuyen, como sucede durante el sueño, la corteza no produce las mismas reacciones. Hay un impulso que todavía llega a aquella, pero no se traduce en acción adecuada, convirtiéndose en material para un sueño".
¿Cuál es la causa de tal carencia de receptividad? Pudiera ser que algo impida las reacciones habituales ante las señales que recibimos de nuestros sentidos. Inversamente, el algo que suele estar presente cuando nos hallamos despiertos, para ayudar al cerebro a emitir las señales adecuadas de reacción al cuerpo, quizás esté ausente durante el sueño. Oswal, Kleitman y otros especialistas se inclinan ahora por la aceptación de este último punto de vista, en parte porque consideran que la corteza cerebral es imprescindible a la conciencia.
Esta reducción en el recargamiento efectuado por la corteza cerebral explicaría por qué dejamos de responder, cuando dormimos, al estímulo de cualquiera de nuestros sentidos (a menos que se nos despierte en un momento dado, entera o parcialmente) y es también de particular importancia para el estudio de los sueños. Al parecer, cuando dormimos, la parte frontal de nuestro cerebro se comporta como cuando estamos despiertos, pero sus actividades no son traducidas por el mecanismo motriz a reacciones positivas. Cierto es que la facultad de reaccionar parece ser selectiva: una madre despertará al oír llorar a su hijo y sin embargo dormirá durante una tormenta de truenos. Pero normalmente "nos apagamos": podemos soñar que tenemos miedo y corremos, pero no lo hacemos a menos que se trate del tipo de sueño llamado "pesadilla". Todo lo más que hacemos es tener sacudidas. Cuando este proceso inhibidor está seriamente afectado, se produce el fenómeno del sonambulismo.
Además, existe el significativo hecho de que nuestros ojos sean el primer órgano sensorial que suspende sus funciones cuando nos dormimos y el último en funcionar cuando nos despertamos. Pero en 1892 el psicólogo americano profesor George Trumbull Ladd sugirió ya, basándose en su propia experiencia, la posibilidad de que el cerebro esté dotado de un "mecanismo psicofísico para la producción de imágenes visuales" y que lo que llamamos "fantasmas retinales" sea la materia prima de los sueños. Explicado en forma más sencilla: el cerebro deja de "ver" durante el sueño; los ojos, un millón de centros nerviosos cada uno de los cuales recoge cientos de impulsos a cada segundo, dejan de transmitir las señales significativas. Pero la parte del cerebro que opera e interpreta este complejo y delicado mecanismo, continúa portándose como si siguiera "viendo" a pesar de que la percepción sensorial de la realidad ha dejado de funcionar.
En aquella época, la teoría del profesor Ladd pareció otro intento introspectivo de explicar la naturaleza de los sueños como resultado de factores fisiológicos. Se ha averiguado recientemente que había dado con una clave vital: durante el sueño la actividad de los ojos parece estar estrechamente relacionada con lo que llamamos "soñar". Es extraño que tal relación pasara inadvertida cuando el carácter visual de los sueños había sido reconocido desde hacía tanto tiempo. Pero es muy difícil el estudio de los movimientos oculares durante el sueño.
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El Dr. Dement cree que, sea cual fuere el tipo de sueño o de pensamiento visual que se produce en otros estados durmientes, en el sueño REM toda la evidencia señala una relación  entre los movimientos oculares y lo que aparentemente es presenciado por los ojos. Por alguna razón el aparato oculomotor se comporta como si estuviera observando escenas reales. Es decir, dentro del cerebro, lo que sucede es semejante a lo que sucedería si estuviéramos despiertos.
"El sistema nervioso –dice Dement– estaría comportándose como si recibiera una corriente sensorial apropiada a la imaginería onírica." Consiguientemente, el soñar es semejante al despertar activo (y posiblemente, distinto a los procesos mentales inconscientes que se producen fuera del período visual del sueño). En algún lugar del sistema nervioso, la imaginería de los sueños reemplaza la estimulación normal de la retina procedente del mundo exterior.
Llamaremos la atención sobre dos de las posibles implicaciones de esta idea. Cualquiera que sea la causa de estas señales visuales (sustitutos de la realidad), en lo que concierne a algunas partes del cerebro equivalen a lo real. No hay distinción entre la imaginería visual de un sueño y la imaginería visual de la vida consciente. La distinción reside en lo que hace el cerebro. Es indudable que existe algún mecanismo que impide que el cuerpo obre según la información sensoria recibida que, por así decirlo, comunica a áquel: "Esto es solamente un sueño, y la acción es innecesaria." Cuando este mecanismo inhibidor de la acción no funciona debidamente, nos agitaremos, nos moveremos inquietos e incluso andaremos o hablaremos en sueños. Pero si funciona, nuestros sueños pueden en efecto facilitarnos incurrir en fantasías sin correr los riesgos inherentes al obrar según los sentimientos despertados por los sueños.
La segunda implicación es consecuencia de ésta. Puede existir un motivo psicológico así como fisiológico para las imágenes que aparecen ante nuestros ojos; el primero, describiendo el escenario para la representación y el segundo actuando. Una división semejante de labor explicaría el hecho de que los psicólogos y fisiólogos se hayan concentrado hasta ahora en dos aspectos distintos de los sueños.

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