lunes, 30 de mayo de 2011

Rubaiyyat (Omar khayyam)

Prólogo (Ramón Hervás)

"¿Quién es ese hombre triste y bravo que camina sobre la tierra llena de colores? La pregunta es obvia, pues es el mismo Khayyam el que pasa sobre la tierra, pero no con el rictus vindicativo del amargado sino con la sonrisa del hombre ya consolado por un perfume de jazmín o por la mirada de una mujer. Una sonrisa impregnada de consuelo pero también de tristeza, pues "ningún sultán es más feliz que yo ni ningún mendigo es más triste."

El vasto mundo: un grano de polvo en el espacio.
Toda la ciencia de los hombres: palabras.
Los pueblos, las bestias y las flores de los siete climas: sombras.
El resultado de tu meditación perpetua: nada.

¿Quién es este místico desesperado que cansado de buscar respuestas desarrolla un filosofía tan amarga e irónica? ¿Quién es ese hedonista que sulfura con sus blasfemias a los hipócritas ulemas? ¿Quién es ese impío que tiene el coraje de manifestar sus dudas, sus recelos, sobre todas aquellas ideas que a su alrededor se veneran como dogmas inflexibles?
(...)
Omar Ibn Ibrahim Khayyam nació en Nichapur, en el Korassam, hacia el año 1040 de la era cristiana. (...) Humilde, Khayyam es también un desesperado que se oculta tras una máscara que ahoga un sollozo. ¿Le atormenta el misterio de la creación del universo? ¿O el misterio tanto más próximo de la condición humana? ¿El misterio conmovedor del amante dormido abrazado a una muchacha? ¿El misterio de la sonrisa del niño? ¿O ese enigma aún más insondable del mendigo hambriento que bendice a Dios antes de tenderse en su estera? (...) "La injusticia –dice Cioram– gobierna el universo... Todo lo que se construye, todo lo que se deshace, lleva la impronta de una fragilidad inmunda, como si la materia fuera el producto de un escándalo en el seno de la nada". Yo estoy en el mundo pero no soy el mundo, dicen los gnósticos. Por su parte, Omar, cuya carpe-diem es más dulce que la de Horacio, se transparenta en su serenidad dolorosa, en esa paz espiritual que conquista no sin esfuerzos ni heridas a lo largo de toda una vida de incesantes búsquedas. ¿Y cuál es el resultado de todo su esfuerzo, de todas sus zozobras, de todos sus sobresaltos protoplásmicos? "El mismo que el de tu meditación perpetua: nada."

Rubaiyyat o cuartetas de Omar Khayyam

Todo el mundo sabe que jamás he murmurado una plegaria.
Todo el mundo sabe que nunca he intentado simular mis defectos.
Ignoro si existe una Justicia y una Misericordia...
Sin embargo tengo confianza, porque siempre he sido sincero.

Procura que tu prójimo no tenga que sufrir de tu sabiduría.
Domínate siempre, no te abandones a la cólera.
Si quieres encaminarte a la paz definitiva, sonríe
al Destino que te hiere y no hieras a nadie.

En este mundo, conténtate con pocos amigos.
No trates de que perdure la simpatía que puedas sentir por alguien.
Antes de tomar la mano de un hombre,
pregúntale si ella no te golpeará un día.

¡Qué vil, este corazón que no sabe amar,
que no puede embriagarse de amor!
Si tú no amas, ¿cómo puedes apreciar
la cegadora luz del sol y la suave claridad de la luna?

Más allá de la Tierra, más allá del Infinito,
intentaba ver el Cielo y el Infierno.
Y una voz solemne me dijo:
"El Cielo y el Infierno están en ti".

Tan rápidos como el agua del río
o el viento del desierto, nuestros días huyen.
Dos días, sin embargo, me dejan indiferente:
el que partió ayer y el que llegará mañana.

Olvida que ayer debías ser recompensado y no lo fuiste.
Sé feliz. No esperes nada.
Lo que ha de sucederte está escrito en el Libro
que hojea, al azar, el viento de la Eternidad.

El bien y el mal, aquí abajo, se disputan la ventaja.
El Cielo no es responsable de la felicidad
o de la desgracia que el destino nos aporta. No des gracias al Cielo
o no le acuses... Es tan indiferente a tus alegrías como a tus penas.

Escucha lo que la Sabiduría
te repite a lo largo de todo el día:
"La vida es breve, tú no tienes nada en común con las plantas
que vuelven a crecer después de haber sido cortadas."

¿Por qué tanta dulzura, tanta ternura, al comienzo de nuestro amor?
¿Por qué tantas caricias, tantas delicias, después?
Ahora, tu único placer es desgarrarme el corazón...
¿Por qué?

Noche. Silencio. Inmovilidad de una rama y de mi pensamiento.
Una rosa, imagen de tu esplendor efímero, acaba de perder uno de sus pétalos.
¿Dónde estás en este momento, tú que me has tendido la copa y a quien sigo llamando?
Ninguna rosa se deshoja cerca de aquel al que aplacas la sed, ahora ya no tienes la felicidad amarga con la que yo te embriagaba.

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