lunes, 24 de enero de 2011

Las Metamorfosis (Ovidio -libro séptimo-)

Tres noches faltaban para que la Luna se llenara. Llena al fin, y Medea, con el vestido suelto, dejando flotar sus cabellos y con pie desnudo, salió sola, con paso incierto, en medio de la noche misteriosa. Un profundo silencio reinaba sobre la Tierra; los hombres, los pájaros, las bestias salvajes, todo gustaba de la dulce tranquilidad del sueño. Ni de los árboles ni del viento se siente el más leve ruido. Hay una serenidad absoluta y los astros brillan en el cielo. Medea, con los brazos alzados, volviéndose tres veces sobre el mismo lado, rociando otras veces sus cabellos en el agua del río, y retiñendo tres veces el aire con sus gritos, se prosternó e hizo este ruego:
"¡Oh, Noche, fiel confidente de los más misteriosos secretos!, ¡astros, y Luna que con vuestra luz suplís la luz del día!; ¡y vos, oh triple Hécate, a quien yo confío todos mis proyectos y de quien yo siempre he recibido protección! ¡Encantos, artes mágicas, hierbas y plantas cuya virtud es tan poderosa; aire, vientos, montañas, ríos, lagos, dioses de los prados, dioses de la noche, venid todos en mi ayuda! Vosotros que forzando el curso de los ríos los contenéis haciéndolos volver a su cauce primitivo; vosotros que dais a mis encantamientos la virtud de calmar la mar agitada, de excitar las tempestades, de disipar las nubes y volverlas a juntar, de parar la violencia impetuosa de los vientos, de romper la garganta de las serpientes, de arrancar de raíz los árboles y las rocas, de conmover las montañas, de hacer temblar la tierra, obligando a salir de sus tumbas las almas que ellas encierran. Yo te obligo, poderosa Luna, a bajar del Cielo para soslayar que seas eclipsada. Hago palidecer la Aurora y el carro del Sol, de cuyo dios desciende mi alcurnia. A vosotros, encantamientos poderosos, os debo matar el fuego que vomitaban los toros monstruosos; a vosotros, que animados por vuestros consejos hicisteis perecer los unos con los otros los hombres que nacieron del seno de la Tierra. ¿Y a quién, sino a vos, debo el poder robar mi esposo de las garras del dragón, el preciado tesoro para llevarlo a la Grecia?
Hoy quiero, tengo la necesidad de hierbas que posean el poder de reanimar una vejez lánguida; espero que la tierra no me las niegue; no en vano brillan los astros con tanto esplendor y yo veo descender del cielo este carro arrastrado por los dragones."
En efecto, descendió, Medea se subió a él y, después de acariciar a los dragones y tomar las riendas, fue transportada a través del aire. Después de pasar por el valle de Tempe se paró en los lugares donde había hierbas propias para sus encantamientos. Detúvose en el monte Osa, sobre el Pelión, sobre el Otris, sobre el Pindo y sobre el Olimpo. Algunas las arrancó de raíz, de otras no cortó sino las hojas. De las riberas del Apídane y del Anfriso cogió gran cantidad. También encontró de estas parecidas hierbas en las riberas del Sperchio y del Bebis. Cogió las hierbas poderosas del Atedón, no muy conocido por la metamorfosis de Glauco. Después de haber empleado nueve noches en recorrer todos los lugares en donde se encontraban esta suerte de plantas, volvió a Yolcos. Los dragones, que durante todo ese tiempo no habían tenido otro alimento que el olor que exhalaban estas plantas, recobraron un nuevo vigor, despojándose de su vieja piel. Medea, a su regreso, no quiso entrar en el palacio de su marido, rehuyendo todo contacto, pero deteniéndose cerca de la puerta levantó dos altares de césped en un lugar descubierto: el de la derecha estaba consagrado a Hécate, y el de la izquierda a Hebe, diosa de la juventud. Ambos los rodeó de verbena y de hojas campestres. Cavó dos fosas en la tierra, mató una oveja negra y dejó caer su sangre en ellas. Después de haber pronunciado algunas palabras, para invocar a los dioses de la Tierra, y verter vino en una de esas fosas y leche caliente en la otra, dirigió sus ruegos a Plutón y a Proserpina para que retardasen la muerte del viejo Esón...
(Continurá en el próximo post...)
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